jueves 17 de noviembre de 2011

Emelda Ramos en la Tertulia Letras de la Academia, disfrute de su conferencia...


L a Conferencia que dictó la escritora Emelda Ramos en el marco de la Tertulia Letras de la Academia fue edificante. ¡Excelente!, no solo por lo que dijo sino por cómo lo dijo. ¡Qué facilidad de expresión! ¡Qué bien se comunica esta escritora! Estuvieron presentes los escritores Emilia Pereyra, Manuel Salvador Gautier, Eduardo Gautreau, Katia San Millán, Inés Garcia Perez, Luz Dalís Acosta y los editores: Miguel Collado, Carlos Roberto Gómez Beras de la Editorial Isla Negra de Puerto Rico, Ruth Herrera de la Editorial Alfaguara e Israel Pérez de la Editorial Santuario entre muchos otros contertulios.

Emelda habló sobre sus primeros años de vida y su contacto con la literatura y de cómo fue poco a poco desarrollándose como escritora: sus logros y fracasos, su perseverancia y su éxito y de cómo ha ido guiando el oficio de escritora por los caminos que le parecían más adecuados en cuanto al tipo de literatura que escribe, siempre en busca del desarrollo de lo mejor que hay en ella.



Tenemos el placer de compartir con ustedes la conferencia que dictó  la
narradora, ensayista  y antóloga dominicana


Emelda Ramos

Génesis, pasión identidad y búsqueda
de una escritora dominicana: Emelda Ramos
. 



Este trabajo fue publicado en  la antología: La Palabra Rebelada/Revelada: el poder de contarnos, por
 
la editora  Femlibro, New York, 2011.

Todos nacemos poetas (quitando los cuatro gatos que organizan las guerras), ha dicho la reconocida poeta española Gloria Fuertes; pero yo pienso que si por obra y gracia de Dios nacemos poetas, pero escritora, llegar a ser escritora, está fuertemente condicionado por el contexto en que se nace. Nací, el otoño del 48, en San José, un paraje ribereño del río Aguas Frías, frente a Ojo de Agua, en la finca cacaotalera que plantó el abuelo materno de mi padre, en tiempos de la Restauración, y que posteriormente fue partida en dos por la carretera Salcedo-Tenares. En ese enclave, levantaron y ensancharon mis padres, Gustavo Ramos Portorreal y Ana Concepción Tejada Bretón, la casa de madera donde nací, crecí, y me multipliqué en dos hijas y un sinfín de  historias. En esa vivienda que llamo “Mi casa de frente al azul” por tener siempre a la vista la comba celeste, el azul pizarra del Cerro de La Cruz y ante el portal, en el cielo, la estrella polar, es donde, gracias a Dios aún vivo, medito, me afano, me sueño, me escribo.

Pero cómo y cuando nací, en lo que la narradora Carmen Martín Gayte llama “el reino de lo literario”, es lo que parece ser objeto de interés en todas las entrevistas, sean  tradicionales, cara a cara con el autor, o los cuestionarios en espacios digitales tan en uso. Para mayor especificidad, las preguntas con que siempre me crucifican son:
·         ¿Desde cuándo escribe?
·         ¿Cómo supo que quería ser escritora?
·         ¿Cuándo se dio cuenta de que era una escritora?
·         ¿Por qué escribe?
·         ¿Cuáles son los problemas que tiene que enfrentar?

Asumiendo que los entrevistadores son una metáfora de mis lectores, veo propicio este diálogo para encontrar con ellos alguna respuesta válida,  y, para abordar la primera interrogante, recurriré a un pasaje real en el que, como en los tiempos bíblicos, un buen día apareció en mi andadura, cierta persona y con sus sencillas palabras, me transportó a las experiencias fundantes de mi ser, del que sería, como habitante del reino de lo literario. Fue en 1998, y en una terminal, cuando de pronto tuve ante mí a Disnalda Fernández,  prima hermana que no veía en años y en la algarabía de los saludos, reparó en mi equipaje. Enseguida le expliqué que me iba a Nueva York, invitada a leer mis cuentos en el Encuentro de Escritoras de Hunter College. Sorprendentemente, como si hablara para sí, me ripostó: ¿Y ahora es que lo saben? Psst, a mí  los comentarios sobre los cuentos de Emelda Ramos me dan risa. Y se lo digo a todos: eso no viene de ahora. Lo que yo primero me acuerdo de Emelda Ramos, viene del tiempo en que dormíamos cinco o seis en el cuarto grande y nosotras, qué bárbaras, la dejábamos levantada, parada en el medio, y sólo cuando las grandes  ya estábamos acomodadas bajo los mosquiteros, le decíamos: ¡ya, empieza!  Y ahí ella rompía a contar cuentos hasta que nos vencía el sueño. ¿No te acuerdas? Ah, pero un día te descubrí Emelda Ramos. Esos cuentos, eran los mismos que abuela Mamá Justa nos contaba, pero tú, con siete años, porque yo no creo que tuvieras ocho, tú sabías cambiarle el principio, o el nudo del medio o el final, ay Santísimo,  pero con un encanto…Para que lo sepan: cada uno viene al mundo a algo y tú, viniste a inventar cuentos.”

Dicho esto, me dio un abrazo  apretadísimo y se fue como había aparecido, dejándome en la nube de una epifanía, investida con el reconocimiento de un oficio inmemorial, el de cuentacuentos y, curiosamente, hasta aliviada del temor que sentía por la oposición del médico a que aún convaleciente de bronquitis, me expusiera al frío otoño neoyorquino.

La perspicacia de aquella hermana de la infancia, que en un monólogo para mí imborrable, rasgó el velo del tiempo, suscitó mis recuerdos y me hizo verme, en una imagen prístina de mí misma, vestida en mi pijamas de algodón estampado en muñequitos, gozando mi vocación; todavía me asombra. Y en cuanto a la artimaña en que me descubrió, para recrear lo cuentos tradicionales, si bien es cierto, elemental y comprobable que inventar es fácil, lo difícil es acertar; repetir es fácil, lo difícil es innovar; puedo hoy anclarme en la afirmación de un teórico como Noé Jitrik: “Si el cuento que cuenta un contador, se percibe, se aprecia, se estima y es objeto de reconocimiento, por debajo y en filigrana ocurre otra cosa, ocurre lo que llamamos la escritura, un río subterráneo que no puede ignorarse aunque bien puede ser que no se vea”. De este modo,  para saber desde cuándo escribo, he de remitirme a la niña, precoz cuentera, sí, pero en la que ya la escritura, ejercía una irrefrenable fascinación, cuando veía escribir a la tía Aurora, en un cuaderno, los nombres y las cuentas de su colmado, en la casa de la abuela, donde me llevaron a vivir esa temporada. Tanto presioné y le supliqué enseñarme que, fueron las bellas manos con que rezaba el rosario, me cosía vestidos y tocaba la guitarra, las que me guiaron en el trazo de las primeras letras. Asimismo, mi fervor y la celeridad con que dominé el silabeo, construí palabras, uní frases, y aprendí a escribir mi nombre, fue lo que motivó a las maestras de la escuela rural de San José - La Herrera, a transgredir la reglamentación, aceptarme antes de la edad de rigor, y llevando el biberón de  leche para el recreo.

Para mi pasión por escribir ya no bastaba el papel, pues entonces fue cuando descubrí ciertos árboles y plantas, cuyas hojas permitían ser escritas en su envés, usando palitos o espinas de naranja, y en ese “arte” me perdía por horas a la vigilancia de los mayores, y al estorbo de los menores, entre ellos, mis numerosas primas. Pasados dos años, las maestras visitaron a mis padres para aconsejarles que me llevaran al pueblo,  a la escuela modelo de la insigne hostosiana María Josefa Gómez, lo cual supuso una ruptura: el distanciamiento del mágico mundo de mi abuela Justa Bretón Reyes, con su peculiar versión de Las Mil y Una Noche; sus radio-novelas cubanas,  así como las lecturas en voz alta de El Mártir del Gólgota, El Judío Errante, Quo Vadis, El Cáliz de Plata, San Francisco y tantas bellas  hagiografías…pero, María Josefa Gómez, se presenta en mi vida con verdaderos perfiles proféticos. 

Sólo logré ajustarme al nivel de exigencia (hoy se dice excelencia) de su escuela, porque conté con mi padre, que si bien fue estricto y controlador en grado superlativo, siempre potenció mi autoestima, para muestra de lo cual, memoro su empeño en comprarme, inmediatamente pasaba un grado, el libro de lectura del siguiente, para que, “leyéndolo en vacaciones fuera adelantada”; y me atraviesa la imagen de mamá, repasando siempre conmigo los poemas que recitaría en los actos  escolares, mientras planchaba con todo primor mis uniformes.

Desde los primeros cursos, fue sintomático, que mis horas  predilectas fueran las de lectura Comprensiva, lectura Expresiva y por supuesto, la Composición, que era odiada por mis compañeras. En el quinto, mi maestra Doña Nené Navarro le mostraba mi cuaderno de composición a la Señorita Gómez, y fue en séptimo donde Josefina de Ovalles le llevó mi Viaje Imaginario a Italia. Sentí pavor  al oírla decir desde la puerta del aula: Señorita Ramos, acompáñeme a la dirección. Y allí, tras someterme al escrutinio que la convenció de que mi texto no era un plagio, en lugar de devolvérmelo, me dio un libro para que lo leyera en casa: La Buena Tierra de Pearl S. Buck (1892-1973).

La clarividencia de esta educadora queda de manifiesto en:
·         El género: no me dio a leer un poemario, un ensayo o una obra de teatro, sino una novela, supo que sería narradora.
·         El autor: escogió a una mujer, que  obtuvo un Pulitzer en 1932 y el Premio Nobel en 1938.
·         El contexto: como todas sus obras, se desarrolla en Oriente, donde desde niña vivió con sus padres misioneros norteamericanos. Me abrió la puerta a un mundo cuya filosofía ha sido cardinal en mi vida.
·         Siguió prestándome todas las obras de Buck y al final, sentía que eso era lo que yo quería ser, una escritora de historias maravillosas, que conmovieran e hicieran feliz al que las leyera.

Pasó mucho tiempo antes de que supiera que la profesora la Srta. Gómez también era escritora, pues había publicado sus conferencias  y para  remate, en recientes investigaciones encontré que ella era de Acción Feminista, y muy amiga de Ercilia Pepín, Aurora Tavarez Belliard y de la célebre autora del  Ideario Feminista, Abigail Mejía.

Pero volviendo al hilo de lo que intento responder, auxiliándome de estas evocaciones, puedo datar con certeza desde cuándo supe que quería ser escritora: desde que contaba doce años.  Aún más, puedo precisar que este ideal tomó cuerpo en mí, a los trece años de edad, cuando otro personaje histórico de mi pueblo, me dio a leer El Diario de Ana Frank. Fue la Dra. Fe Violeta Ortega, heroína de la resistencia, compañera de lucha y celda de Las Hermanas Mirabal. Creo que Ana Frank me dejó sembrado, con su trágica vida, un sentimiento de amor a la libertad, a la palabra, y tal vez, ante la fragilidad de la vida, una reafirmación del vitalismo, que dicen me caracteriza, ese pulso de vitalidad que decía Ortega y Gasset, “es propio de cada alma, manantial que luego se deshace en los mil arroyos de nuestro pensar, sentir y querer” , y que sospecho me ha llevado a la búsqueda de lo que creo interesante, bello, sagrado.

Ahora bien, del querer al ser, largo trecho hay que ver. Pues el poder iniciático de la escritura luego la pasión por la lectura, me conducen, en el umbral de la adolescencia, a la íntima convicción de que sólo en la literatura, siendo una escritora, sería feliz. Pero dicen los entendidos que: “Es escritor quien sabe lo que hace mientras lo hace, hasta sus consecuencias”. Entonces cabe preguntarse si todos los papeles que emborroné, intentando sin saber, expresar la interpretación del mundo, el sentimiento de la belleza que me rodeaba, y me poseía, a veces hasta sufrir; si en verdad eso, se puede considerar un acto literario. Anhelaba ser una escritora, pero ¿cómo podía serlo? No tenía la menor información  de que para serlo, se pudiera estudiar, al menos, no en la ínsula donde nací. Honestamente, no recuerdo si este laberinto me produjo mi primera gran angustia existencial. Si hablo de frustración, estaría elaborando, y la conciencia ética, se impone sobre la capacidad  ficcional. Sé que leía frenéticamente todo lo que pudiera y que escribía a escondidas, las eclosiones emocionales propias de la primera juventud; lo cual coincide con  la etapa en que  el bosque dejó de ser el lugar de juegos, y hacia él escapaba con una novelita rosa, una revista Selecciones de Reader Digest, o un cancionero, directa a una mata de cacao, cuya posición me permitía ver con nitidez, el azulado  Cerro de  la Cruz, que para entonces creía poco menos que un Himalaya. Y de esos raptos contemplativos sólo me sacaba la voz de mi madre llamándome a la cotidianidad familiar.

A los dieciséis, concluyo en el colegio de las monjas, mi bachillerato, y tengo que irme a la capital, para iniciar los estudios superiores.  El año 66, tiempo de la postguerra, con la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), en lucha por el medio millón, y yo inmersa en  la segunda fractura emocional que supuso el dejar Mi casa de frente al azul. Mas, por ventura me tocó como maestro de Letras, un ser extraordinario: Bienvenido Díaz Castillo, quien además de mantenernos en permanente lectura, nos instó a crear un boletín, El B6, y para él, produje textos, entre los cuales sólo me quedó en la memoria una Elegía al Cerro de La Cruz, que ponderó muy bien y pareció más intrigado por otros que calificó de “prosa poética”. Sin saberlo, como el maestro auténtico, que trabaja para la trascendencia, su impronta en mí se evidencia en el hecho de que al elegir carrera, opté por Educación mención Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, UNPHU, donde por cierto, de entrada conocí a uno de los autores que nos hizo estudiar: Max Henríquez Ureña.  La historia de la literatura dominicana la impartía Estervina Matos, con su propio texto, el cual, me hizo abominar del de Balaguer, que era entonces como la biblia, no por apasionada lealtad a mi maestra, sino porque me comunicaba mayor sustancia y placer por estudiarlo. Fue la primera escritora que conocí, porque a una joven Jeannette Miller, sólo llegué a verla en actos culturales de la UASD, donde escuchaba siempre el comentario: “es poetiza”; en cambio a Estervina Matos la traté de cerca, visitándola, escuchándola discurrir,  lo mismo que ahora estoy haciendo yo, vaciando todo lo acumulado en ese periplo que es nuestra propia búsqueda como escritora. Con igual agrado escuchaba las cátedras de Antonio Fernández Spencer, recién llegado con su premio de España, y allá se iba, dejando el programa de Historia de la Cultura al garete, y casi olíamos el aroma del tabaco y el vino de los poetas tertuliantes, en los cafés de Madrid. Y llegó el año  68, creo que el último semestre, cuando entré una tarde a la clase de Historia de la Literatura Hispanoamericana, y me dijeron los compañeros, muy circunspectos: “te está buscando el profesor”. Era Carlos Federico Pérez, (1912-1984), nieto del poeta  José Joaquín Pérez, y autor de la novela Juan, mientras la ciudad crecía. En efecto, lo encontré buscándome por los pasillos, con el ensayo que recién le había entregado y, al identificarme, se sorprendió y dijo: ¿Tan jovencita y con ese nervio literario? ¿Qué escribes?

Su mirada profunda, negriazul, me penetró y yo, en un susto, le dije bajito: Un diario, cartas imaginarias, poemas en prosa... El, tan suave y gentil siempre, como desconcertado, casi  me interrumpió: No deje de hacerlo, y lea, usted es una escritora en potencia -movió la cabeza- ¡Ya es una narradora en agraz!, ¡pero lea!

En el estrecho pasillo balconado, me sentía Sancha, recibiendo el espaldarazo de El Quijote. Es que, el también autor de Evolución Poética Dominicana, no sabía que si algo yo hacía era leer, pues el régimen de internado de la residencia Teresiana donde vivía, lo propiciaba; a la sazón, una de las españolas, María Luisa Ortega, dirigía un grupo de teatro donde llegué a protagonizar papeles principales como Cecilia en La Muralla de Casona y El Diablo en una obra de Lope de Vega. Es cierto que allí mi desaforada pasión lectora también me metió en líos, cuando empecé a leer los existencialistas: Camus, Sartre, Beauvoir, etc. y  a la Generación Perdida: John Dos Passos, Hemingway… Me encontraron  bajo el colchón la novela de un ateo, y me la confiscaron; pero ahora, esos son recuerdos agridulces que atesoro, como aquel concurso en que gané una colección de obras por escribir un villancico.

Como mi padre me propuso, retorné al hogar y a ejercer de maestra en mi pueblo, sin embargo, tuve que volver a la capital, en el verano del 71, para el entrenamiento del plan de Reforma de la Educación, y de nuevo aparece de manera inopinada, una luz en el hontanar de mi vida, aún expectante de algo indefinible, pero presentido. La Maestra Inés Constanzo, me invita a participar en un taller de análisis del cuento que impartiría en la UASD, a un grupo selecto, la experta argentina Aidé Bermejo. La opción implicaba faltar por tres días al entrenamiento, pero no tuve la menor vacilación y desafiando posibles denuncias laborales,  deserté del curso oficial y me integré a esta experiencia. Asturias, Quiroga, Cortázar, un día dedicado a cada uno, para trabajar, analizar, comparar la estilística, las técnicas. Fue una orgía de saberes, de descubrimiento estético-didáctico y en lo personal, confieso sin rubor, que fue mi gran descubrimiento de la narrativa latinoamericana. Desde entonces, empecé a emborronar mis cuartillas con otra conciencia, no obstante, para que una vez más se evidencie, lo largo que puede ser el camino a recorrer por una lectora-escritora en búsqueda, diez años después  de aquellos  hallazgos, en 1981, acontece un hecho singular y decisivo. Mi esposo Francisco, encuentra unos manuscritos en una caja, que mientras yo hacía un curso en París, tiraron por inservible al traspatio. Los lee y decide, en un acto que parecía inesperable, su inmediata entrega a Manuel Mora Serrano, abogado como él, y contertulio; declarando: Tú nada más escribe y escribe, pero nadie lo sabe; Manolito es un crítico y le publica a muchísima gente desconocida.

Después comprendí que lo había hecho, porque me sabía desolada por la muerte de nuestro recién nacido hijo Armando. Desde luego, escogió tal vez al azar, un sobre, donde se amarillaban algunos textos que databan de la década anterior, pero Mora Serrano no sólo los publicó y comentó sino que me invitó a la tertulia del Grupo Literario del Cibao, al que llegué, como un eslabón suelto, para integrarme con los escritores que cronológicamente me correspondía tener como compañeros: Cayo Claudio Espinal, Rafael Eduardo Castillo, Héctor Amarante, Sally Rodríguez, Pedro Pompeyo, José Enrique García, Pedro Gris, los cuales venían de experiencias y acervos lectores muy diferentes a los míos.

Me aproximo a ese claro del bosque en que, lo veo meridianamente: el contexto donde naces, sumado a tu sensibilidad, te hace escritora en una u otra generación. La mía resultó ser la ochentista, pues fue la década en que tomando opciones, muchas veces riesgosas, emergí a la literatura. Tiempos duros aquellos en que yo, una profesora de pueblo, casada con un abogado, dos hijas pequeñas, los dejaba, (bajo el halo de mi madre), siguiendo una vocación, un llamado al que respondía casi instintivamente al arte y a la literatura: el proceso de autoconstrucción, de autopoiesis. Por eso en el 82, conocí a Chiqui Vicioso, en el taller que impartía Pedro Mir en Casa de Teatro y de ese lance estético-didáctico, escribimos años después en coautoría, una obra, y además de la fraterna amistad  que nos ha unido desde entonces, fue ella quien a su vez me orilló a las creadoras, cuyo concierto de voces constituyen lo que el reconocido crítico, polígrafo  y Académico de la Lengua, Bruno Rosario Candelier clasifica como: El Boom femenino en la literatura dominicana: Sabrina Román, Carmen Imbert, Miriam Ventura, Marianela Medrano, Yrene Santos, Anelsa Vásquez, Carmen Sánchez,  Ángela Hernández, Aurora Arias, Ilonka N. Perdomo.

En 1983, obtuve el premio de narrativa del concurso del Ateneo Minerva Mirabal, y el presidente del jurado, el narrador Virgilio Díaz Grullón, declaró mi obra El despojo o por los trillos de la leyenda,  “una novela fascinante”. Por su recomendación, Editora Taller la publicó y su puesta en circulación fue presidida por Juan Bosch, quien expresó en varios contextos: “Este país es una caja de sorpresas. Figúrese,  una muchacha, por allá, por el Cibao, que vive en un campo de Salcedo, escribe una novela para recoger sus tradiciones culturales y hacer nada más y nada menos que, eso que planteaba Pedro Henríquez Ureña, rescatar la variante del Español.¿ No es maravilloso?
Esto es más o menos, lo que he podido fijar en mis recuerdos, de lo que me refirieron distintas personas y de distintas formas, pero lo que el tiempo no puede desfigurarme es el respeto y el afecto que desde entonces  me manifestó, lo cual en nuestro país, era casi impensable que un intelectual o un gran escritor le demostrara públicamente, a una escritora  bisoña, provinciana, con una solo título en su haber.

En 1985, participé en el Congreso de escritoras de la Universidad del Estado de Wichitta y mi ponencia Hacia una narrativa femenina en la literatura dominicana, fue publicada en su antología, por considerarla pionera en la presentación en Estados Unidos, de una autora tan importante como Hilma Contreras. La estudiosa de la literatura dominicana, Daisy Cocco de Filippis lo antologó traducido al inglés en su colección de ensayos escritos por mujeres dominicanas: Documents of  Dissidense (2000) , cuando ya la colaboración, entre nosotras le había abierto a mi modesto trabajo espacios insospechados. Por esto, cuando he dicho que fue en Estados Unidos donde por primera vez me sentí tratada como una escritora, me estoy refiriendo a la acogida en su casa, a la participación  en  su tertulia de escritoras, a las lecturas de mi textos en reputados centros académicos: York College, Centro King Juan Carlos I, City College, Boricua College, Hostos Community College, etc.

Tengo que consignar que el Encuentro de Wichitta, supuso un darme cuenta de que no conocía ni exhaustiva ni profundamente lo que escribían mis congéneres escritoras, por lo que,  adoptando la consigna “Leámonos las unas a las otras”, asumí el personal compromiso de participar en todos los escenarios donde fuera posible compartir mis hallazgos, y en esta suerte de cruzada de motivación a la lectura de los textos desde la perspectiva femenina, obtuve la íntima satisfacción de que podía ensayar el ensayo. Arribaba  así, a la definición que antes esgrimía: “Una escritora  es la que sabe lo que hace mientras lo hace, hasta sus consecuencias”. Cuando martillaba tanto en  las constantes, el tratamiento, la textura del lenguaje, en la literatura femenina, sabía que muchos torcían el gesto, no me daba a entender todo lo que esperaba, y hubo malentendidos, y en ese tenor, mis intentos ensayísticos, casi como de encargo, restaron tiempo a mis ficciones, y es el motivo por el cual,  hasta el 98, vuelvo a publicar un volumen que en verdad,  contiene  dos libros: De Oro, Botijas y Amor. Esta colección de historias, me ha ganado innúmeros lectores, y me enteré en la WEB, fue el libro más vendido, según lista de ventas de los libreros, al punto que, agotadas  sus  dos ediciones, tuve que a publicar una selección: Ocho Cuentos de Oro. Sobre todo, entre las alegrías que me ha aportado hay una muy especial: fue escogido por la Fundación  Nacional de Ciegos, para ser traducido al idioma Braille  y saber que los dos tomos están en el acervo de las bibliotecas para invidentes de Madrid, México, Boston, me produce un estremecimiento indescriptible. Y no puedo dejar de consignar que ha sido analizado en un seminario de literatura caribeña, en la Universidad de Oriente, Cumaná, Venezuela y dentro de la producción textual, se destacó el denso ensayo de Carmen Blanco,  académica que no conozco, con el título: Configuración del tiempo en De Oro, Botijas y Amor de Emelda Ramos, del cual dio a conocer un extracto, la revista literaria dominicana, Mythos.

Diccionarios de la literatura dominicana me incluyen y diversas antologías, como Onde Farfalla e Aroma di Cafe ,donde aparece un cuento mío traducido al italiano, poco a poco te  van convenciendo de que eres una escritora dominicana, pero ¿qué escritora? En la mayoría me registran como autora de leyendas y narraciones campesinas o folklóricas. Fue entonces cuando, para liberarme de esa etiqueta, reuní narraciones de varias décadas: Nueva York, mi primer octubre, de los 70; Escalera de Fuego, de los 80; El túnel de los 27, de los 90; y Alada, del 2000. Su unidad radica en que todos tienen un contexto urbano, en el cual había tenido que residir o interactuar, por determinadas circunstancias de mi devenir, abrumada siempre con el lastre del temor que todo campesino carga a la ciudad, pero en igual medida deslumbrada por sus misterios.

De modo que situada en la cuestión más difícil de responder, porque las anteriores:  desde cuándo escribo, cómo supe que deseaba ser escritora, y cuando me di cuenta que lo era, son interrogantes que atañen a la categoría tiempo y, el tiempo es el ámbito en que, narradora al fin, estoy más confortable, pues se trata de historiar unos hechos, revisar testimonios, reseñar el encuentro con personajes que han ido marcando los hitos clarificadores del sendero de autoconocimiento, de la escritora que soy, y en eso me asiste mi buen amigo el dios Cronos. Pero cuando se trata de adentrarme hasta el claro del bosque, donde se visualice el porqué, de un acto tan subjetivo, tan inaprensible, ambiguo, elusivo, como el acto literario…, es cuando llegamos a la máxima dificultad. Posiblemente, porque vamos abordando y resolviendo de manera diferente, en cada etapa, después de cada experiencia, a todo lo ancho y lo largo de la vida,  esta cuestión.

Solía decir que escribo porque la realidad me interpela y asumo responderle de la única y personal forma en que puedo, siento y sé. Bueno, en el caso de mi libro Angelario Urbano, me sentí señalada, reducida a escritora de leyendas folklóricas y respondí con textos de personajes y vivencias citadinas; pero ya estaban escritos mucho antes y por otro costado, nada tiene en común con el discurso ni la estructura de mi siguiente libro de relatos Los Oficios y Placeres de Miralvalle.

Extrañamente, siendo el acto literario un recóndito acto de libertad, el querer llegar a su porqué, en vez de permitirme avistar el claro del bosque, parece enmarañarlo, espesarlo, oscurecerlo. No en vano fue Heráclito el Oscuro quien dijo: “Si no esperamos lo inesperado no lo reconoceremos cuando llegue”.  Y eso, lo inesperado, bien puede ser el impulso interior, apremiante, que genera cierto vacío, que sólo pude resolverse en la generación de una energía espiritual: la escritura creadora. Esta explicación me parecía sencilla, orgánica, entendible, cada vez que la expresaba. Pero ahora me luce un tanto demasiado hecha y para no desdecirme,  mejor debiera matizarla o dimensionarla a costa de lo que piensan otros referentes más sugestivos cuanto más conspicuos: Gabriel García Márquez, quien declara: “Escribo para que me quieran”; o Julián Marías: “Porque la literatura es el único medio de proyección personal del hombre”. Y con ello alude a la proyección hacia el otro, el  lector.

De modo que, en un ejercicio de auténtica humildad, tendré que admitir que escribo por la necesidad humana de ser valorada o para dejar en mis historias un retazo de lo que soy y desearía ser, pues al fin y al cabo, hay pensadores como Unamuno que afirman: “lo que desearíamos es lo que verdaderamente somos”. O bien me aventuro a plantear que, en la búsqueda del conocimiento, de la identidad, de saber lo que somos, que es común a todas las escritoras, llámense Virginia Elena Ortea, Virginia Peña de Bordas o Virginia Woolf, quizás buscamos encontrarlo, a través de  las historias que fabulamos, al reencarnarnos en otras vidas, en las vidas de los personajes que creamos.

O las escritoras en general, somos seres con una sensibilidad tan en carne viva, con unas antenas tan alertas al mundo que nos circunda, que sufrimos un constante proceso de expansión y a través de la escritura, el opuesto, el de contracción, hasta realizarnos en micro mundos.

Finalmente, como escritora, los problemas que tengo que enfrentar, pluma en ristre o más bien, índice en ratón (mouse),deberían ser los mismos que tienen que vencer las demás colegas; pero una vez más, reitero, lo determina el contexto en que nací, y en el que aún vivo. Las hijas crecieron, se formaron, son profesionales, seres excepcionales, que han colmado bellamente mi existencia. Pero los llamados “hijos de la fantasía”, los proyectos literarios, concluidos unos, en revisión otros, y germinando algunos más, esos, los problematiza la perpetua batalla cotidiana, el tiempo material en que discurre el mundo personal y sus tareas, propias del mero oficio de vivir. Si bien desde 1983, trabajo en la Universidad Católica Nordestana UCNE, de San Francisco de Macorís, tras la muerte de mi padre, estoy al frente del patrimonio que con tanto esfuerzo y amor él  y mamá nos legaran; pero soy de los hermanos la única que no emigró, y por  obligación, amor y  deber, para con  las fértiles y hermosas tierras ancestrales, desde el 2005, cuido de ellas. Así es que, mi día comienza a las seis de la mañana, cuando, tras la primera meditación, tengo que preparar y tomar el café con los trabajadores y luego planear y disponer su desayuno y almuerzo con la cocinera. Sólo entonces puedo volver a la página; pero no bien escribo, leo o consulto para lo que estoy redactando, debo prepararme para viajar unos 25 km. al campus de la UCNE, donde me espera una agenda de compromisos académicos, que puede prolongarse hasta el atardecer, en que regreso a mi Casa de Frente al Azul, anhelando el espacio creador donde es posible el apasionante, e inesperado encuentro con lo inesperado.





Fecha: Sábado, 3 de diciembre de 2011
Hora: 5:00 pm
Lugar: Academia Dominicana de la Lengua
Mercedes 204, Ciudad Colonial,
Santo Domingo, República Dominicana



Biografía
de Emelda Ramos




 La narradora, ensayista, antóloga dominicana nació en Salcedo, el 16 de septiembre de 1948.
                Cuenta con estudios de Educación, Filosofía y Letras, Bibliotecología y Lenguas Modernas
de la
Universidad Autónoma de Santo Domingo y
de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña.

Ha publicado:
El despojo o por los trillos de la leyenda, novela, 1984.
De oro botijas y amor, cuentos, 1998.
Como escribir un poema con Pedro Mir, ensayo, en coautoría con Chiqui Vicioso, 1999. Angelario Urbano, cuentos 2002.Cuentistas dominicanas, antología de la Editorial Centroamericana,
Letra
Negra, 2008.
Delia Quesada, pionera de la dramaturgia infantil, ensayo, 2009.Ocho Cuentos de Oro, 2010.
Los oficios y placeres de Miralvalle, relatos,2010. El cuaderno de la rosa, antología, 2010.

Como conferencista ha representado al país en eventos internacionales
donde promueve la lectura y la literatura dominicana; textos suyos
han sido seleccionados para innúmeras antologías, traducidos al inglés,
italiano y al sistema braille.

Fue reconocida con el "Premio Nacional de Narrativa Virgilio Díaz Grullón 2010". Este año obtuvo "Mención de Honor en el "Primer Certamen Nacional de Mini-ficción Ciudad Ozama". Por sus 25 años de labor cultural en la región, fue declarada " Hija Adoptiva" de Puerto Plata mediante la Resolución del 18 de abril de 2010.





Bibliografía pasiva 

Cabrera, Fernando. “Emelda Ramos”, en De los Santos, Danilo Fernández Rocha,
Carlos.   Este lado del país llamado el norte. Santo Domingo:
Comisión Permanente de la Feria Nacional del Libro, 1998: 364. | Cocco De Filippis, Daisy. “Emelda Ramos”, en Para que no se olviden: T
he lives of
Women in Dominican History.

New York: Ediciones Alcance, 2000: 122-127. | Cocco De Filippis,
Daisy. “Emelda Ramos”, en Documents
of   dessidence.  New York: Cuny Dominican Studies Institute,
2000: 135-141. | Céspedes, Diógenes. “De oro, botijas y amor” El Siglo
[Cultura] 20 de marzo, 1999. | Comarazami,
Francisco. “El despojo o por los trillos de la leyenda”, en Comentarios sobre
libros dominicanos  1984-1986. Santo Domingo: Editora Listín Diario, 1989:
263. | Genao, Angela. “Emelda Ramos: una poeta salcedense”.
Listín Diario, 21 de julio, 1987. | Molina Morillo, Rafael. Personalidades
dominicanas 1993.  Santo Domingo: Molina Morillo & Asociados, 1993:
515. | Moquete, Clodomiro. “De oro, botijas y amor o lo universal de un libro
de Emelda Ramos”. Vetas 51, noviembre, 1999. | Santana, Alma. “De oro, botijas
y amor reúne leyendas del Cibao, El Caribe, 13 de marzo de 1999: 6A 

Biografía pasiva tomada de:http://www.escritoresdominicanos.com/emelda.html
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Novelista, ensayista y poeta.Vea los siguientes blogs: ofeliaberrido.blogspot.com / tertulialetrasdelaacademia. blogspot.com / movimientointeriorista. blogspot.com